Porco Rosso

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martes, 30 de agosto de 2011

CUENTOS DE TOKIO de Yasuhiro Ozu - 1953 - ("Tokio Monogatari")



Shukichi y Tomi son una pareja de ancianos que ven acercarse el final de sus días. Siempre vivieron en su pequeño pueblo de la costa, en donde con esfuerzos constantes criaron a varios hijos e hicieron de todos ellos hombres y mujeres de provecho. Ahora, todos sus descendientes viven en la populosa Tokio, la gran capital, a la que el viejo matrimonio se traslada durante unos días para visitarlos a todos. Pero cuando llegan allí, sus hijos, demasiado ocupados, los envían amablemente a un balneario para que “descansen”. Sólo la joven Noriko, viuda de uno de ellos, recientemente fallecido, siente lástima por los abuelos y les acompaña a menudo en sus paseos y en sus conversaciones.


El japonés Yasuhiro Ozu es posiblemente el gran autor clásico del realismo social de su país. En los años veinte trabaja en el mundo del cine como actor, guionista y ayudante de dirección hasta hacerse director de largometrajes mudos. Se inició en el mundo de las comedias y de los dramas protagonizados por gente corriente, moralizadores al estilo de Frank Capra. Después, influenciado por el movimiento neorrealista, comenzó a dirigir los dramas sociales (algunos de corte político) que le hicieron famoso y con los que alguna que otra vez tuvo problemas con la censura. En ellos mostraba el Japón de antes de la Segunda Guerra Mundial con ojo crítico e irónico aunque también tierno y comprensivo: la occidentalización, la entrada en el mundo capitalista del consumo, la competencia laboral, la imposibilidad de ascender en la jerarquía social de los humildes, las pocas oportunidades de los nuevos trabajadores, la pervivencia de tradiciones milenarias rancias y ya absurdas, el sentir de la nueva infancia y la nueva juventud del país. Ya en esta época Ozu demostró lo que mejor sabía hacer: los retratos de personajes comunes. Sus dramas eran completamente cotidianos, minimalistas, de delicados sentimientos, de relaciones personales. De estos años son geniales filmes silentes como la maravillosa “He nacido, pero…”, que cuestionaba en la sombra todo el sistema político japonés desde sus raíces, “Me gradué, pero…”, sobre los licenciados universitarios que no encuentran un buen trabajo (película muy actual, por cierto) o “Un albergue en Tokio”, sobre los parados. Después de la guerra y de la humillante derrota de Japón, Ozu se centró en nuevos asuntos sociales: la perdida de los valores tradicionales que merecen la pena, la occidentalización más brutal, la desintegración de las familias, la soledad de los individuos en las ciudades, el desarraigo, las decepciones de la vida. Su estilo, al pasar del mudo al sonoro (no sin incomodidad), se particularizó, llegando a ser tan amado como odiado: se volvió austero como pocos, basado en constantes planos completamente fijos, sin ningún movimiento, y en planos-contraplanos; y su montaje se volvió sobrio, lineal. Es un estilo difícil de asimilar en un principio. Sin embargo, en cuanto esto se logra, se da uno cuenta de que es uno de los más originales de la historia del cine y de que su ascetismo casi total en la forma no es lastre para el dramatismo pausado y minimalista que Ozu busca transmitir. Yasuhiro Ozu, cultivador de un cine puramente oriental y localista y nada abierto al estilo occidental, murió en 1963 sin llegar a ser valorado como se merecía fuera de Japón. Por suerte, hoy se le ha dado todo el reconocimiento que se le negó. Muchas de sus obras de antes de la guerra desaparecieron durante ésta. Por suerte, también muchas nos quedan de su etapa posterior, espléndidas películas que siguen de plena actualidad: “Primavera tardía”, “Comienzo de verano”, “Las hermanas Munakata”, la comentada “Cuentos de Tokio”, “Buenos días”, “Las hierbas flotantes”, “Otoño tardío” o “El sabor del sake”.


En “Cuentos de Tokio”, la obra más famosa de Yasuhiro Ozu, el asunto tratado es el del desarraigo de los ancianos en la nueva sociedad japonesa industrializada, occidentalizada y capitalista del consumo y de la explosión económica posterior a la postguerra de la Segunda Guerra Mundial. Dos ancianos de un pequeño pueblo pesquero que criaron con amor a sus hijos ahora se ven relegados a un segundo plano en la vida familiar, que se traslada desde este pueblo a la gran ciudad. Ya no son útiles y no tienen nada que hacer ni que contar. Pertenecen a otra época, al Japón que casi salía del feudalismo. Sólo la joven Noriko, la viuda de uno de sus hijos muertos durante la guerra (la sombra de este conflicto que cambió a Japón para siempre planea sobre el filme, como sobre otras tantos de Ozu), les atiende en todo momento con un amor inesperado. Sin embargo, no parece esta situación un trauma para los abuelos: lo aceptan con tranquilidad y felices, sabiendo que aunque las cosas hayan cambiado, ellos han cumplido con su deber y ahora pueden esperar tranquilos a la muerte... Que llegará. Mientras, observan con pausada mirada el mundo frenético de su alrededor, el mundo cambiante que ellos no han conocido, y discuten sobre la vida, sobre sus alegrías y sus tristezas, sobre las decepciones de los humanos a las que Noriko se quiere resistir a toda costa. En el clásico estilo austero de Ozu, “Cuentos de Tokio” es una película que emociona, que ayuda a vivir mejor y que abre caminos de esperanza en todos los aspectos, especialmente en un mundo de consumo y capitalismo despiadado que no ha cambiado un ápice desde el estreno del filme y que incluso ha llegado a ser aún más brutal.

3 comentarios:

  1. Es una de mis películas favoritas. La emoción que produce -intensa, depurada- no tiene igual. Estupenda crítica. Enhorabuena.

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  2. A ver si un día me pongo con Ozu y profundizo un poco más en los clásicos japoneses.

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