Porco Rosso

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lunes, 1 de febrero de 2016

YO, CLAUDIO de Jack Pullman - 1976 - ("I, Claudius")


Claudio, el cuarto emperador de Roma, se acerca a la vejez y está seguro de que su pérfida esposa, Agripina, le va a asesinar en algún momento para que su hijo Nerón, brutal y estúpido, se haga con el trono. Cansado de haber luchado toda su vida para traer prosperidad y justicia a su nación, decide escribir la historia de los tres césares que gobernaron antes que él, Octavio Augusto, Tiberio y Calígula, y de todo lo que ocurrió durante sus reinados, incluidas las injusticias de las que él fue testigo. La Sibila le ha profetizado que su historia pasará a la posteridad y que la Roma real, la de la maldad y la conspiración, será retratada tal y como fue para avisar a las generaciones futuras. A Claudio le queda poco tiempo para sacar a la luz todo lo terrible que ha visto su tumultuosa y violenta época...


Creada por Jack Pullman, uno de los más grandes adaptadores de obras literarias a la televisión británicos, y basada en las novelas homónimas de Robert Graves, "Yo, Claudio" es una obra maestra de las series y una de las mejores creaciones para la pantalla sobre la Roma Antigua que nunca se han realizado. Por medio de la mirada del emperador Claudio, asistimos a las sucesiones de césares que llevaron al poder al brutal Nerón a través de trece capítulos magistrales, soberbios, inolvidables, que se tragan en un "pis-pas" porque una vez que agarran al espectador (y lo agarran desde el primero) ya no lo sueltan. La serie retrata el mundo del palacio de esta Roma que, en lo más álgido de su esplendor, vive en una terrible cultura del asesinato, de la maldad y de la lucha inmisericorde por el poder que no entiende de familia ni de amigos. La civilización que ha extendido por todo el Mediterráneo y más allá está podrida por la lucha política, lucha que irónicamente consigue mantener el dominio romano en los territorios conquistados en un equilibrio a veces precario pero equilibrio al fin y al cabo. "Yo, Claudio", de forma sencilla (lo cual es su mayor mérito) realiza unos retratos políticos perfectamente extrapolables a cualquier tiempo. Trata la lucha de la justicia contra la tiranía, la de la república contra la monarquía, y todos sus claroscuros. Se adentra en asuntos tan polémicos como el hecho de que un emperador pueda, a pesar de ser una persona no elegida por el pueblo, traer la estabilidad a una nación, o en el hecho de que muchas veces el referido pueblo crea dioses a los que da carta blanca para hacer toda clase de barrabasadas. Y no es nada maniquea: tenemos aquí emperadores republicanos, militares sedientos de poder, altruismo político que termina en tiranía y arbitrariedad o demagogia de la más delirante. En fin, tenemos todo lo que todavía por desgracia seguimos encontrando en nuestros días. La Roma de "Yo, Claudio", gran faro del Mediterráneo y de occidente en su día, está llena de sangre dentro de sus preciosos y esplendorosos palacios.


La galería de personajes de esta fantástica serie ilustra perfectamente los tipos que se retratan en los mencionados enfrentamientos y concepciones políticas de las que habla. Y están todos maravillosamente interpretados. Octavio Augusto es una institución capaz de gobernar un imperio pero muchas veces mangoneado por su propia familia y por ello arbitrario y aleatorio. Livia es la representación de la persona envenenada por el poder que es la que verdaderamente lo maneja todo en las sombras y que, autojustificándose en que lo que hace lo hace por el bien de su país, se convierte en un ser sin un solo escrúpulo. Tiberio es el eterno resentido al que el poder le ha llegado casi de casualidad y que una vez que lo toma lo desecha para dedicarse a vivir en el exceso y la dejadez. Sejano es otra mano que lo mueve todo en la sombra, el ejemplo perfecto del militar que ha llegado a dominar naciones enteras sin ser realmente nada más allá de militar. Y Calígula... ¿Qué podemos decir de este loco tirano que sumió a Roma en el terror? Y luego queda Claudio, el tonto, el tartamudo, el estratega sin embargo, el mejor jefe de estado que tuvieron los romanos en su primera historia y por el que sin embargo no daban ni un denario. Todos ellos están interpretados maravillosamente, de forma soberbia. En especial creo que destacan tres actores: Derek Jacobi como Claudio en un papel inolvidable, Sian Phillips como Livia en uno esplendoroso y John Hurt como un monstruoso Calígula que se come la pantalla.


Los méritos de "Yo, Claudio" no terminan aquí. La serie es un prodigio de rodaje en interiores. Ante la falta de presupuesto, se utilizan decorados de palacio o de casas oscuras para retratar de forma espléndida esa Roma de contrastes, de grandes castillos y templos brillantes y callejones y casuchas sucios y malolientes. La fotografía oscura, apagada, le viene como anillo al dedo a este mundo antiguo creído de sí mismo pero que sería devorado por sus propios diablos. El vestuario es perfecto y la caracterización riquísima, así como los detalles de los mencionados escenarios. Por otra parte, la serie alterna de forma genial su esperable dramatismo con unas dosis de humor extrañas pero acertadísimas que aligeran la gran carga de retrato cruel que tiene. Sobra decir que los diálogos, de los que todavía no he hablado, dejan con la boca abierta en su ironía y lucidez. "Yo, Claudio" es una obra maestra, un clásico de la televisión inigualable, inmortal. Siempre es momento de disfrutar de esta serie de tan solo trece capítulos y siempre hay que reivindicarla. Sin cesar. Que nunca sea olvidada, como la historia que el propio Claudio nos narra.


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