Porco Rosso

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miércoles, 3 de septiembre de 2014

SAW III de Darren Lynn Bousman - 2006 - ("Saw III")


Jigsaw logró escapar de la policía, pero se encuentra muy enfermo y sabe que está a punto de morir. Por ello, su pupila Amanda secuestra a la doctora Denlon y la conecta a una máquina que la matará si no es capaz de mantenerlo vivo hasta que concluya la prueba que su nueva y última víctima ha de superar. Esta víctima se llama Jeff. Jigsaw le ha prometido que si gana su juego, podrá encontrarse cara a cara con el hombre que mató a su hijo…


Después de la porquería de “Saw II”, Darren Lynn Bousman repite como director y rueda, en apenas un año, la tercera entrega de esta saga ya millonaria, en la que logra rizar el rizo de lo grotesco y de lo violento y también de lo simple y de lo zafio. El “argumento” de “Saw III” importa muy poco: Jigsaw está vivo (o mejor dicho muriéndose) mientras tiene secuestrada a una doctora que si no le mantiene con vida pierde la suya propia y mientras su víctima nueva lucha por superar una nueva serie de sádicas pruebas para redimirse de su vida desaprovechada. La trama se limita a observar cómo ésta víctima va superando estas pruebas (en las que van muriendo otras personas de muy variadas formas) y cómo Amanda, la compañera de fechorías del antagonista/protagonista Jigsaw que conocimos en la anterior parte, se va volviendo cada vez más desquiciada (por supuesto, con vistas a un gran baño de sangre y vísceras). Nada más. “Saw III” es una película excusa (aún más que “Saw II”) donde uno/a ya se lo sabe todo desde el primer momento; una película excusa para mostrar un verdadero desparrame de violencia gratuita y estrambótica con la que el público pueda horrorizarse y/o reírse un rato entre palomita y palomita. 


Los diálogos son ya de pura risa (aunque los de las anteriores no estaban tampoco muy lúcidos), los personajes planos y pueriles hasta límites insospechados y los actores y las actrices malos con avaricia. La insulsa trama está para colmo llena de lagunas que, además, quedan bien a la vista en todo momento. El desenlace, buscando la sorpresa a toda costa (y fracasando estrepitosamente en esta búsqueda) es la improvisación más cutre, infantil y chapucera que he visto en mucho tiempo. Es “Saw III” además, en lo estético, un infumable videoclip de dos horas que atrapa irremisiblemente al espectador en el más irresistible sopor (aunque en la pantalla estén destripando vivo a alguien que chille como un cerdo. A “Saw III” no hay por donde cogerla. Eso sí, ha llegado muy lejos en un aspecto: ha logrado alcanzar un punto de violencia que pocas películas estrenadas de forma masiva en las salas y para cualquier tipo de público han logrado alcanzar (incluso ahora, ocho años después de su estreno, es difícil encontrar obra comercial que la supere en esto). La película contiene algunas de las escenas más crudas y brutales de torturas y burradas que se han podido ver en circuitos comerciales. Dos hay que destacar: una operación de cerebro montada en base a primeros planos en la que podemos ver el craneo del paciente abierto en todo su esplendor (y que dura si mal no recuerdo cinco minutos o hasta más) y una demostración del funcionamiento de una máquina que desguaza cadáveres putrefactos de cerdos para lanzarlos, ya completamente líquidos, contra una persona. Quedan por ahí un potro donde a su “inquilino” se le doblan las articulaciones en ángulos imposibles y una máquina que arranca de un golpe las costillas. Y algo más me dejo. Hace años, películas mejores o peores como “Holocausto caníbal” o “Braindead” impresionaban al público y revolvían las tripas, mientras que otras como “Perros de paja”, “La naranja mecánica” o “Saló o los 120 días de Sodoma” revolvían hasta las conciencias. Por desgracia, y como hemos observado miles de veces, la maquinaria de producción capitalista lo recicla todo, hasta lo a priori más escandaloso y polémico, para transformarlo en algo rentable y ya banal y superficial (lo hemos visto con el movimiento hippie, con el punk, con el grunge, con figuras como la del Ché, con canciones que ensalzan la libertad y la rebeldía…). Todo plenamente integrado. 


La cosa está en no creérselo, en no creerse nada de esto y en no creerse que películas como las de la saga “Saw” son innovadoras o polémicas (aunque la primera resulte un aceptable y angustioso divertimento). La violencia por la violencia ha pasado a interesar a Hollywood para hacer de ella un producto comercial 100% rentable y, como otros tantos, nulo en lo que a cualidades críticas se refiere (la de “Saw” es una violencia despojada de cualquier ataque serio hacia cualquier cosa establecida –de hecho la moral de Jigsaw es bastante beata y de aires judeocristianos-). Creo que “Saw III”, más incluso que sus otras secuelas, alcanza la cima de este tipo de producción: violencia descerebrada al servicio de una película conservadora como pocas que sólo sirve para hacernos a las personas aún más inconscientes y conformistas de lo que somos.


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