Porco Rosso

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domingo, 8 de enero de 2012

NADIE CONOCE A NADIE de Mateo Gil - 1999 - ("Nadie conoce a nadie")


Simón, un joven escritor frustrado de Madrid que se ha trasladado a Sevilla para estar con su novia y que vive de crear crucigramas para periódicos recibe un día una amenaza anónima: ha de incluir la palabra "Adversario" en su próximo puzzle de letras, el del Domingo de Ramos. Pronto, su vida se tambalea y misteriosos y macabros atentados empiezan a sucederse en la ciudad en plena Semana Santa desatando el miedo y el caos. Simón comienza a investigar lo que ocurre y pronto descubre que su misterioso compañero de piso, Sapo, podría estar relacionado con todo.

Reputado guionista ("Tesis", "Abre los ojos", "Mar adentro", "El método", "Ágora"...) y habitual compañero de Alejandro Amenábar en sus películas, Mateo Gil únicamente ha dirigido dos cintas radicalmente distintas hasta la fecha: el horror de "Nadie conoce a nadie" y la maravillosa incursión en el western de "Blackthorn".


En la segunda mitad de los años noventa los videojuegos, los cómics (especialmente el manga japonés) y los juegos de rol fueron el chivo expiatorio de la sociedad en España ante casos espeluznantes y absolutamente aislados de violencia juvenil. Hoy, por suerte, ya nadie persigue (o al menos eso esperamos) a jugadores de videojuegos o de rol o a coleccionistas de cómics, pero quedan para la posteridad películas como "Nadie conoce a nadie" como ejemplo de la cantidad de chorradas e imbecilidades que se pueden soltar desde la ignorancia de un mundo que no se conoce. Mateo Gil no estuvo muy fino en su esperado debut: en una Sevilla semanasantera de locura cofrade una banda de jugadores de rol psicópatas se dedica a jugar en sus calles con las vidas de los demás en una trama absurda y sin sentido ninguno propia del peor thriller adolescente americano.


Una intriga tontísima (joder, quien no sepa que Jordi Mollá es el malo malísimo desde el principio es que no ha visto mucho cine del más básico), una ambientación macabra delirante (curas muertos desnudos en brazos de vírgenes, imágenes con gas letal que mata a hermanos cofrades, tronos con explosivos, una maqueta de Sevilla con figuritas representando los objetivos de la secta rolera), escenas de pura vergüenza ajena (un videojuego cutre incluso para la época que da las claves de la intriga, una persecución por el centro histórico protagonizada por nazarenos con pistolas láser, un viejo pabellón de la Expo 92 que vuela por los aires y nadie se entera en toda la ciudad) y personajes planísimos (la novia abnegada, el psicópata sobreactuado, la tía buena que hace de tía buena, el informático friki con voz robótica -demencial-, el cura filósofo) construyen una de las más grandes vergüenzas ajenas del cine español de todos los tiempos (y miren que las hay) y, curiosamente y tal vez de forma involuntaria, una de sus películas más polémicas (recuerdo que indignó en su día a los cofrades de más de una ciudad del sur de España, al igual que a los jugadores de rol y de videojuegos -a ambos colectivos se les retrata como fanáticos rancios o como directamente locos-, e incluso se la asoció a unos disturbios que tuvieron lugar en plena Semana Santa sevillana en 1999). "Nadie conoce a nadie" es un horror que, debido a su polémica, se ha quedado en el imaginario cinéfilo patrio como una suerte de extraña obra de culto a pesar de su pésima calidad. Por suerte, Mateo Gil, tras doce años sin dirigir ningún largometraje, se redimió, y bien redimido, con el maravilloso western "Blackthron", una de las grandes sorpresas del cine español del pasado 2011.

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